Page 45 - Revista Traveling 50
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 LA VENTANA DE MANENA
Pero desenvolvamos el siguiente regalo que nos ofrece Kumano Kodo. En ruta hacia el cercano templo Hongu Taisha, que con Nachi Taisha y Hatayama Taisha forman los tres santuarios del Kumano, se pasa por la aldea termal de Yunomi- ne Onsen, envuelta en fumarolas que emergen a cada esquina -algo así como las alcantarillas de Manhattan- entre vecinos que acostumbrados a ellas ni las ven. Nosotros sí las miramos y senti- mos en nuestra propia piel cuando en un reco- do del río Oto que atraviesa la aldea, aparecen sumergidas en una poza del río dos campanillas vestidas en rosa palo, sonrientes, pequeñas, felices. Las damas disfrutan de lo lindo en una poza calentita en medio del Oto. La cámara echa chispas en su ansia por atrapar la escena desde diferentes perspectivas mientras la curiosidad se atraganta en las muchas preguntas destinadas a Kumiko sobre la insólita visión. En uno de los giros para capturar a las ninfas rosadas, llena el objetivo una cabaña, más que cabaña, una ca- sona grande y de aspecto alpino Ashita-no-Mori www.ashitanomori.jp/english/ en Kawayu On- sen. Le cubren troncos de madera y de sus enma- derados balcones cuelgan los típicos y tópicos geranios de las casas de los Alpes. Al entrar nos recibe un hombre cuya elegancia se constata en cada gesto. El señor Kurisu, regio, casi marcial, pero con una mirada dulce y sabia nos invita a sentarnos cerca de la ventana desde la que se ven las pozas con sus campanillas que parecen ya ser parte inamovible de ellas. Hay que pun- tualizar cómo a la entrada de la casa, una serie innumerable de calzado se agolpa ordenada- mente por el suelo. De goma, de esparto, de al- godón. Más tarde Kumiko nos explicaría que es imprescindible usar el calzado elegido para cada ocasión, uno para andar por la casa, otro para ir a las pozas, y otro más para entrar en la habi- tación. Y cuidado con equivocarse como ya nos había pasado en otro onsen en el que salimos a la zona común vestidos de albornoz en vez de lucir el kimono apropiado para la ocasión que se nos había dejado encima del futón. Nos miraron cual bárbaros occidentales.
El señor Kurisu sirve el té cosechado en su tierra con la delicadeza y ceremonial de una geisha, a pesar de que sus manos grandes y trabajadas hablan de cómo -según tradujo Kumiko- con ellas había cortado los cedros y pinos de su finca con los que él mismo construiría esa casa suiza de la que se había enamorado tras viajar al país alpino. El dueño del hostal adopta un tono melancólico al narrar cómo el triple desastre, te- rremoto, tsunami, accidente nuclear, de 2011, había transformado el país e incluso su orogra- fía, tanto que las pozas que ahora servían como reclamo de su alojamiento, habían surgido en el río Oto tras la tragedia.
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