Page 25 - Revista Traveling 50
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 los paisajes extremos, los mi- radores de vértigo y las vistas asombrosas.
En Funchal reside la faceta más amable, el rostro urbano de este territorio donde el en- torno natural es el más por- tentoso monumento. Porque aunque se trata de una ciudad con todas sus prestaciones de ocio, está más bien concebida a la medida de una aldea, con un ritmo pausado de vida y una sensación de eterna primavera. Hay que pasear por el Jardín Municipal, donde crecen plan- tas de todos los rincones del mundo. Y después perderse por el casco viejo, siempre en dirección a la Catedral del siglo XV, antaño símbolo del poderío marítimo portugués y hoy epi- centro del trasiego comercial de la ciudad.
Así se llega al famoso Mercado dos Lavradores, donde encon- trar frutas exóticas, flores de mil colores, vendedores con trajes
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VIAJES DE AUTOR
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tradicionales y un rumor alegre y popular como de día de fiesta. Y no muy lejos (nada lo está en esta ciudad) a la rúa Santa María, antaño una zona fea y degradada a la que los jóvenes revitalizaron a golpe de street art. Con el proyecto Arte Portas Abertas revistie- ron de color las puertas de las casas y los co- mercios, y hoy se trata de la calle de moda, flanqueada de bares y restaurantes.
A Funchal también hay que contemplarla desde las alturas, con su laberinto de tejados que se precipitan al océano. Y para ello hay que coger el teleférico que asciende hasta Monte, el pequeño pueblo aupado en lo alto de una ladera a 550 metros sobre el nivel del mar. Luego, claro, llega el emocionante des- censo a cargo de los famosos carreiros. Dos kilómetros de zigzagueantes cuestas, sobre las que se deslizan unos trineos de mimbre, empujados por simpáticos señores vestidos de blanco y ataviados con sombreros de paja. Esta tradición de la isla portuguesa fue elegida una de las atracciones más asom- brosas del mundo.
Pero salgamos del asfalto para disfrutar de la naturaleza con la actividad más gratificante de la isla: la del senderismo por sus innu- merables rutas señalizadas, que conducen a auténticas joyas. Por ejemplo, el Cabo Gi-
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